Líbano, tablero de Oriente Medio (II)

El pasado viernes la explosión de un coche bomba en Ashrafiyeh, un barrio de mayoría cristiana en Beirut (Líbano), dejaba al menos tres muertos y decenas de heridos. Entre los fallecidos se encontraba el general Wissam Al Hassan, una importante figura del espionaje libanés de marcado carácter anti-sirio y encargado de investigar la muerte de Rafiq Hariri, primer ministro libanés asesinado en 2005. Recientemente había participado en la operación por la que se detuvo a Michel Samaha, un antiguo ministro de Información libanés que admitió estar planeando futuros atentados en el llamado ‘país del Cedro’ a instancias del gobierno sirio.

Cientos de manifestantes que acudieron al funeral celebrado ayer se concentraron frente a las oficinas del primer ministro, Nayib Mikati, quien pidió un gobierno de unidad nacional tras un amago de dimisión rechazado por el presidente, Michel Souleiman. Las fuerzas de seguridad dispersaron a los asistentes, en su mayoría simpatizantes de la opositora Coalición 14 de marzo, que aglutina al principal bloque suní.

Durante el fin de semana se han producido cortes de carretera y quema de neumáticos, algo que ya ha ocurrido en los últimos meses, especialmente en la ciudad de Trípoli. Desde que comenzara el conflicto sirio, esta localidad ha registrado violentos enfrentamientos mayoritariamente entre alauíes seguidores de Bachar al-Assad y suníes partidarios de la oposición en la vecina Siria.

La sombra de Siria es alargada

Este contagio de la problemática siria a suelo libanés viene de lejos, aunque ahora haya tomado diferente cariz. Después de los Acuerdos de Taif que oficializaron el término de la guerra civil en 1989, Siria extendió su presencia por todo el territorio libanés con el beneplácito de Estados Unidos. Según diversos autores, los norteamericanos buscaban apoyos para expulsar a Irak de Kuwait en la Guerra del Golfo, además de verlo como una posible solución a la guerra civil libanesa. Dicho apoyo duró de 1990 a 2003.

Rafiq Hariri, quien había hecho fortuna en Arabia Saudí, resultó elegido como primer ministro en 2000 tras aliarse con sectores drusos, chiíes, cristianos y suníes[1], además de Siria, estado con el que luego se enemistaría. En 2003 Siria se opuso a la intervención estadounidense en Irak y en mayo del año siguiente el Congreso de Estados Unidos promovió la Syria Accountability and Lebanese Sovereignty Restoration Act, donde se le imponía una serie de sanciones.

Ese mismo verano el Consejo de  Seguridad de Naciones Unidas aprobó la Resolución 1559, por la que pedía la retirada inmediata de las tropas sirias en Líbano, la no interferencia en las elecciones presidenciales del país y el desarme de todas las milicias. Actualmente se acusa a Hezbolá –ahora en la coalición de gobierno- de no haber abandonado las armas.

Rafiq Hariri murió en una explosión junto a otras 22 personas el 14 de febrero de 2005. Había actuado como jefe de gobierno desde 1992 a 1998 y en un período posterior (2000-2004), antes de dimitir en un acto de protesta por la extensión de la presidencia del pro-sirio Émile Lahoud. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ordenó la creación de una comisión para investigar su asesinato y, posteriormente, decidió que había de establecerse un Tribunal Especial para el Líbano. Durante el verano de 2011 se apuntaron los nombres de cuatro sospechosos de haber cometido el asesinato de Hariri, todos ellos miembros de Hezbolá, algo que avivó nuevamente las tensiones sectarias. El recientemente fallecido Wissam Al-Hassan jugó un papel activo en dicha investigación.

La nueva ‘guerra árabo-israelí’

En cumplimiento con la Resolución 1.559, Siria había retirado sus tropas de Líbano en abril de 2005. No acaban ahí los problemas de Líbano, pues un año más tarde Israel lanza la operación “Recompensa justa”, después de que Hezbolá hubiese capturado a dos soldados israelíes. El gobierno liderado por Ehud Ólmert inició una ofensiva militar de 33 días, pero fue el grupo chií quien salió fortalecido del enfrentamiento. No obstante, también sufrieron varios reveses y Hezbolá perdió el dominio sobre ciertos territorios del sur que pasaron a estar controlados bien por la Fuerza Interina de Naciones Unidas en Líbano (FINUL), bien por el Ejército Libanés.

Se estima que Hezbolá causó “43 víctimas mortales” con el lanzamiento de unos 4.000 cohetes Katiusha, mientras que Israel habría matado alrededor de 1.500 civiles libaneses debido a los bombardeos durante dicho conflicto. Se causaron destrozos materiales especialmente en las zonas chiíes. En el documental My First War (`Mi primera guerra`), soldados israelíes dan fe de la existencia de “órdenes contradictorias” y un “sentimiento de desorganización”.

Naciones Unidas pidió “el cese de hostilidades” y que el gobierno libanés ejerciese su autoridad en todo el territorio. “A finales de año, los ministros chiíes de la coalición gubernamental habían dimitido, paralizando así el parlamento y el gobierno. Este impasse se vio confirmado en noviembre de 2007, cuando finalizó el mandato del presidente Lahoud sin que la mayoría en el gobierno hubiese designado a un presidente de su elección, y con el parlamento incapaz de señalar un candidato aceptable tanto para las fuerzas pro-sirias como para las anti-sirias”[2].

La situación empeoró en 2007 con la batalla en el campo de refugiados de Nahr el-Bared, al norte de Líbano, entre el grupo islamista Fatah-al-Islam y el ejército libanés. Para el periodista Ilya U. Topper, el enfrentamiento puso en evidencia que “Washington había apostado demasiado fuerte por aupar al poder al bando suní-cristiano, con los medios que fuera”, algo que habría supuesto un desequilibrio de fuerzas. Entre 2007 y 2008 las Fuerzas Armadas libanesas sufrirían varios atentados; el gobierno trató de destruir la red de comunicaciones internas de Hezbolá. Una vez más, el juego político-religioso se escondía detrás de los acontecimientos.

El Acuerdo de Doha

Tras varios meses de negociaciones, el 21 de mayo de 2008 se alcanzó el Acuerdo de Doha, mediante el cual los principales políticos de Líbano pretendían conformar un gobierno de “unidad nacional” que terminase con la “parálisis política” y los asesinatos de al menos setenta personas. Desde entonces los atentados políticos con coche bomba en la capital beirutí parecían haber quedado atrás. Por eso, además, muchos oyen ecos de aquel pacto cuando el actual primer ministro apeló el pasado fin de semana a la “unidad nacional”.

La Coalición del 14 de Marzo, liderada por Saad Hariri, triunfó de forma inesperada en las elecciones legislativas de 2009. Las divisiones de los partidos políticos libaneses dificultaron la composición del gabinete, que finalmente se desquebrajó el 12 de enero de 2011, con la renuncia de diez ministros. Hezbolá había logrado paralizar el gobierno de Hariri. Walid Jumblatt, líder druso del Partido Socialista Progresista, decidió abandonar la Alianza 14 de marzo y finalmente facilitó ese junio la llegada del suní Nayib Mikati al gobierno. El partido chií Hezbolá accedió al poder en esas fechas, con el jeque Hassan Nasrallah a la cabeza, mientras que Hariri procedió a retirarse entre París y Arabia Saudí.

Las tensiones sectarias no dejan de crecer en un país donde los actores extranjeros siempre han desempeñado un papel fundamental. Está por ver si la posible caída de Bachar Al-Assad propiciaría un alzamiento suní definitivo, pero parece claro que cualquier cambio en el país gobernado por la familia alauí tendrá consecuencias directas en Líbano.

Publicado en Hemisferio Zero.


[1] ALCOVERRO, Tomás: El decano. De Beirut a Bagdad: 30 años de crónicas, Planeta, Barcelona, 2006, pp. 242-244.

[2] OTTAWAY, Marina, et al.: The New Middle East, Carnegie Endowment for International Peace, [en línea], 2008, p. 14. Disponible en: http://www.carnegieendowment.org/files/new_middle_east_final.pdf

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“Éramos felices”

Abu Zakur tiene alrededor de 40 años, es cocinero y ha trabajado en restaurantes de medio mundo. Nació en la provincia de Alepo, Siria, y se ha casado con cuatro mujeres, kurda la primera de ellas. Hay dos actividades que le encantan: comer –de lo que da fe su inmensa barriga- y bailar –de lo que da fe al mover su inmensa barriga-. Es padre de tres niñas, todas de su actual esposa.

Cuando amasó suficiente fortuna en el extranjero, decidió construir una villa en las afueras de Alepo. Como también le gusta nadar, aderezó la casa con una piscina en la que zambullirse junto a su primo. A más inmersiones, menos agua en el estanque. “Éramos felices”, solía repetir. Lo era antes de que una bomba lanzada por un avión del ejército sirio destruyese su casa, su piscina y su ilusión de ver jugar a las niñas en un hogar para el que había ahorrado toda su vida.

Abu Zakur nunca pensó que viajar resultaría una obligación. Al menos, no hasta el día en que empacó las maletas para escapar 60 kilómetros al norte. En la ciudad turca de Kilis entabló amistad con otros refugiados sirios. Encontró trabajo como guisandero, “que era lo que sabía hacer”. Y comer, bailar, y nadar. Y más cosas, pero a él le encantaban esas. Meneaba su obesidad por el restaurante y vestía el desparpajo con sonrisas.

Miraba a los clientes que devoraban la comida –y solían hacerlo más por lo sabrosa que por el hambre-. “Ya verás, te vas a poner como yo”, les decía. Y luego se cogía las lorzas a dos manos y las movía de un lado a otro. La sala estallaba en una carcajada y él bailaba. A veces se olvidaba de que era refugiado, o se lo hacía olvidar a los demás, pero otras no y repetía eso de “éramos felices”.

Cuando su pequeña Fátima aparecía entre las mesas, repartía besos a los comensales. Se colaba por la puerta trasera, pues la familia vivía en un cuarto pegado a la cocina. Abu Zakur la hacía volar por los aires y la aterrizaba en los brazos de alguien dispuesto a recogerla. “Si no fuera por estos momentos”, suspiraba. Cuando se echa el cierre, queda el estrés, las depresiones y los traumas. Y la violencia, la desconfianza y el miedo. Aunque te hayas ido lejos del horror en tu país, o precisamente por eso.

Hay quien no soporta haberse marchado. Algunas personas creen haber traicionado a su gente por buscar seguridad afuera. Otras no aguantan la incertidumbre y no a pocas les gana el sentimiento de culpa, el vacío existencial o la pura pena. Y la rabia, a borbotones. La mezcla de todas, aunque no sepamos en qué medida, les empuja a tomar una decisión.

Abu Zakur y su familia emprendieron el camino de vuelta a Alepo. Hace una semana que sus amigos de Kilis tratan de localizarlo, pero el móvil se encuentra ahora apagado. Esperan que sea un problema de cobertura y se hallen todos bien. Inshallah.

Abdulrahman Alhalaq: “Deseamos un estado de derecho”

Abdulrahman Alhalaq durante la entrevista. Fotografía: Diego Represa.

Abdulrahman Alhalaq durante la entrevista. Fotografía: Diego Represa.

Lo primero que sorprende de Abdulrahman Alhalaq es su ágil figura. Este sirio delgado y fibroso viste uniforme militar, luce barba y melena canosa peinada hacia la derecha. De su cinturón cuelgan una pistola y una daga. Aunque es el jefe de la katiba Elkhal Tzatza, se confiesa civil. “Antes de la Revolución, era carpintero, pero para cualquier sirio libre es una obligación defenderse del asesino y dictador”, sostiene en referencia a Bashar Al-Assad. “Eso sí, bajo el paraguas de la libertad y la justicia”, insiste varias veces durante la conversación.

Gasta buenos modales y no duda en precisar sus palabras hasta asegurarse de que su mensaje se ha entendido. Como él, muchos de sus hombres eran contrarios a la política del gobernante alauita. “Desde el principio me uní a la revolución, hace año y medio, aunque era crítico con el régimen desde mucho antes”. En la práctica, las voces opositoras habían quedado arrinconadas y silenciadas por los 40 años de poder del Partido Baaz. En Turquía o Egipto han aflorado grupos como el Consejo Nacional Sirio que ansían ahora adjudicarse la representación de tales voces.

Alhalaq tiene 75 personas a sus órdenes, entre las que se incluyen civiles y exmilitares. “Nosotros somos una katiba humanitaria. Nos preocupamos de la supervisión de los desplazados, que haya control y no se peleen”, afirma. Sin embargo, eso no excluye los enfrentamientos armados. El último tuvo lugar a unos metros de la antigua comisaría donde se realiza la entrevista. “Lanzamos una ofensiva para conquistar el paso en la frontera. Antes de tener controlada la zona, la ayuda humanitaria entraba por el lado del campo [de desplazados] más cercano a Turquía y nosotros nos encargábamos de distribuirla”, explica.

La autoridad de esta katiba se hace tan presente que hasta han fabricado tampones con el lema “La revolución siria. Alá es grande. Cuartel de Atamah” para sellar documentos. Asegura que trabajan en coordinación con el Ejército Libre Sirio (ELS), pero remarca que “esta katiba es para toda Siria”, en un intento por superar las muestras de desencanto con el ELS que empiezan a aparecer entre algunos civiles de áreas como Alepo. “La gente corriente no vivía en la práctica el sectarismo que el régimen ha tratado de azuzar”, prosigue.

Lleva meses empeñado en acabar con los principales círculos de poder actuales. “Mi objetivo es la caída de Assad, su estructura y quienes tienen relación con él. Queremos construir un país nuevo en el que prime la libertad y la democracia”, asevera con voz firme. Se niega a decantarse por cualquier modelo de la región, ya sea el libanés u otro. “Deseamos un estado de derecho”, sentencia.

Alhalaq no se muestra ajeno a las voces que solicitan una intervención extranjera. “Aceptamos la ayuda, teniendo en cuenta que queremos acabar con el régimen”, asegura. “Ahora bien, si el fin es que exista cierta dependencia de potencias externas, por supuesto que no la aceptamos. No queremos que nos digan qué hacer. Rechazamos que haya condiciones”, matiza con ahínco. Fuma un cigarro tras otro y mira fijamente a los ojos de su interlocutor mientras profundiza en la cuestión religiosa. Es consciente de que en las últimas semanas la prensa ha alertado sobre el incremento de la división sectaria. Y justifica: “La oposición es mayoritariamente suní, porque han sufrido la dureza del régimen”.

Las críticas sobre la presencia de células yihadistas entre los combatientes no le resultan nuevas. El pasado julio un grupo de islamistas radicales venido de fuera izó una bandera negra [relacionada con Al-Qaeda], lo que causó enfrentamientos con milicianos rebeldes. “Estamos en contra de Al-Qaeda y organizaciones extremistas. Alá nos ha hecho gente justa y queremos seguir siéndolo”, concluye.

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Publicado en Hemisferio Zero.