Un día en la vida

Cuando llegas por primera vez a un país, quienes te reciben pueden guiarte sutilmente a través de la comida, las plazuelas o los volcanes (suponiendo que el país tenga la suerte de lucir un ‘cinturón de fuego’ como el de El Salvador, claro). También pueden salir contigo a narrarte, cerveza en mano, historias familiares e incluso prestarte más de un libro y más de dos para que entiendas cómo vieron el asunto otros antes que tú. Aunque sea ficción. He pasado toda la mañana leyendo Un día en la vida, de Manlio Argueta, y creí adentrarme un poco más en este Pulgarcito de América.

Y no nos ha ido mal. Tenemos para comer y petate en que caer muertos, por lo menos. Unas gallinitas que nos producen huevos y carne para vender. Al fondo del solar hemos sembrado unas piñas que tienen como cliente a don Sebas. Tenemos buena vecindad. Todos nos quieren porque nunca le hemos hecho daño a nadie. Somos honrados hasta la muerte. Esto lo sabe la vecindad. Personas trabajadoras. Vivimos del sudor de nuestra frente. Todos lo saben. Tenemos todo para mal vivir, pero vivimos. A nadie le deseamos mal, ni siquiera ahora al cabo Martínez.

Lo único que no tenemos es derechos. Y según fuimos llegando a esta claridad, este lugar se llenó de autoridades deseosas de poner el orden, prepotentes con sus automáticos que le llaman. De vez en cuando están viniendo a ver cómo nos portamos, a quién hay que llevarse, a quién hay que golpear para que entienda.

Nos quieren meter a punta de machete y balazos la resignación para nuestras miserias.