Líbano, tablero de Oriente Medio (II)

El pasado viernes la explosión de un coche bomba en Ashrafiyeh, un barrio de mayoría cristiana en Beirut (Líbano), dejaba al menos tres muertos y decenas de heridos. Entre los fallecidos se encontraba el general Wissam Al Hassan, una importante figura del espionaje libanés de marcado carácter anti-sirio y encargado de investigar la muerte de Rafiq Hariri, primer ministro libanés asesinado en 2005. Recientemente había participado en la operación por la que se detuvo a Michel Samaha, un antiguo ministro de Información libanés que admitió estar planeando futuros atentados en el llamado ‘país del Cedro’ a instancias del gobierno sirio.

Cientos de manifestantes que acudieron al funeral celebrado ayer se concentraron frente a las oficinas del primer ministro, Nayib Mikati, quien pidió un gobierno de unidad nacional tras un amago de dimisión rechazado por el presidente, Michel Souleiman. Las fuerzas de seguridad dispersaron a los asistentes, en su mayoría simpatizantes de la opositora Coalición 14 de marzo, que aglutina al principal bloque suní.

Durante el fin de semana se han producido cortes de carretera y quema de neumáticos, algo que ya ha ocurrido en los últimos meses, especialmente en la ciudad de Trípoli. Desde que comenzara el conflicto sirio, esta localidad ha registrado violentos enfrentamientos mayoritariamente entre alauíes seguidores de Bachar al-Assad y suníes partidarios de la oposición en la vecina Siria.

La sombra de Siria es alargada

Este contagio de la problemática siria a suelo libanés viene de lejos, aunque ahora haya tomado diferente cariz. Después de los Acuerdos de Taif que oficializaron el término de la guerra civil en 1989, Siria extendió su presencia por todo el territorio libanés con el beneplácito de Estados Unidos. Según diversos autores, los norteamericanos buscaban apoyos para expulsar a Irak de Kuwait en la Guerra del Golfo, además de verlo como una posible solución a la guerra civil libanesa. Dicho apoyo duró de 1990 a 2003.

Rafiq Hariri, quien había hecho fortuna en Arabia Saudí, resultó elegido como primer ministro en 2000 tras aliarse con sectores drusos, chiíes, cristianos y suníes[1], además de Siria, estado con el que luego se enemistaría. En 2003 Siria se opuso a la intervención estadounidense en Irak y en mayo del año siguiente el Congreso de Estados Unidos promovió la Syria Accountability and Lebanese Sovereignty Restoration Act, donde se le imponía una serie de sanciones.

Ese mismo verano el Consejo de  Seguridad de Naciones Unidas aprobó la Resolución 1559, por la que pedía la retirada inmediata de las tropas sirias en Líbano, la no interferencia en las elecciones presidenciales del país y el desarme de todas las milicias. Actualmente se acusa a Hezbolá –ahora en la coalición de gobierno- de no haber abandonado las armas.

Rafiq Hariri murió en una explosión junto a otras 22 personas el 14 de febrero de 2005. Había actuado como jefe de gobierno desde 1992 a 1998 y en un período posterior (2000-2004), antes de dimitir en un acto de protesta por la extensión de la presidencia del pro-sirio Émile Lahoud. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ordenó la creación de una comisión para investigar su asesinato y, posteriormente, decidió que había de establecerse un Tribunal Especial para el Líbano. Durante el verano de 2011 se apuntaron los nombres de cuatro sospechosos de haber cometido el asesinato de Hariri, todos ellos miembros de Hezbolá, algo que avivó nuevamente las tensiones sectarias. El recientemente fallecido Wissam Al-Hassan jugó un papel activo en dicha investigación.

La nueva ‘guerra árabo-israelí’

En cumplimiento con la Resolución 1.559, Siria había retirado sus tropas de Líbano en abril de 2005. No acaban ahí los problemas de Líbano, pues un año más tarde Israel lanza la operación “Recompensa justa”, después de que Hezbolá hubiese capturado a dos soldados israelíes. El gobierno liderado por Ehud Ólmert inició una ofensiva militar de 33 días, pero fue el grupo chií quien salió fortalecido del enfrentamiento. No obstante, también sufrieron varios reveses y Hezbolá perdió el dominio sobre ciertos territorios del sur que pasaron a estar controlados bien por la Fuerza Interina de Naciones Unidas en Líbano (FINUL), bien por el Ejército Libanés.

Se estima que Hezbolá causó “43 víctimas mortales” con el lanzamiento de unos 4.000 cohetes Katiusha, mientras que Israel habría matado alrededor de 1.500 civiles libaneses debido a los bombardeos durante dicho conflicto. Se causaron destrozos materiales especialmente en las zonas chiíes. En el documental My First War (`Mi primera guerra`), soldados israelíes dan fe de la existencia de “órdenes contradictorias” y un “sentimiento de desorganización”.

Naciones Unidas pidió “el cese de hostilidades” y que el gobierno libanés ejerciese su autoridad en todo el territorio. “A finales de año, los ministros chiíes de la coalición gubernamental habían dimitido, paralizando así el parlamento y el gobierno. Este impasse se vio confirmado en noviembre de 2007, cuando finalizó el mandato del presidente Lahoud sin que la mayoría en el gobierno hubiese designado a un presidente de su elección, y con el parlamento incapaz de señalar un candidato aceptable tanto para las fuerzas pro-sirias como para las anti-sirias”[2].

La situación empeoró en 2007 con la batalla en el campo de refugiados de Nahr el-Bared, al norte de Líbano, entre el grupo islamista Fatah-al-Islam y el ejército libanés. Para el periodista Ilya U. Topper, el enfrentamiento puso en evidencia que “Washington había apostado demasiado fuerte por aupar al poder al bando suní-cristiano, con los medios que fuera”, algo que habría supuesto un desequilibrio de fuerzas. Entre 2007 y 2008 las Fuerzas Armadas libanesas sufrirían varios atentados; el gobierno trató de destruir la red de comunicaciones internas de Hezbolá. Una vez más, el juego político-religioso se escondía detrás de los acontecimientos.

El Acuerdo de Doha

Tras varios meses de negociaciones, el 21 de mayo de 2008 se alcanzó el Acuerdo de Doha, mediante el cual los principales políticos de Líbano pretendían conformar un gobierno de “unidad nacional” que terminase con la “parálisis política” y los asesinatos de al menos setenta personas. Desde entonces los atentados políticos con coche bomba en la capital beirutí parecían haber quedado atrás. Por eso, además, muchos oyen ecos de aquel pacto cuando el actual primer ministro apeló el pasado fin de semana a la “unidad nacional”.

La Coalición del 14 de Marzo, liderada por Saad Hariri, triunfó de forma inesperada en las elecciones legislativas de 2009. Las divisiones de los partidos políticos libaneses dificultaron la composición del gabinete, que finalmente se desquebrajó el 12 de enero de 2011, con la renuncia de diez ministros. Hezbolá había logrado paralizar el gobierno de Hariri. Walid Jumblatt, líder druso del Partido Socialista Progresista, decidió abandonar la Alianza 14 de marzo y finalmente facilitó ese junio la llegada del suní Nayib Mikati al gobierno. El partido chií Hezbolá accedió al poder en esas fechas, con el jeque Hassan Nasrallah a la cabeza, mientras que Hariri procedió a retirarse entre París y Arabia Saudí.

Las tensiones sectarias no dejan de crecer en un país donde los actores extranjeros siempre han desempeñado un papel fundamental. Está por ver si la posible caída de Bachar Al-Assad propiciaría un alzamiento suní definitivo, pero parece claro que cualquier cambio en el país gobernado por la familia alauí tendrá consecuencias directas en Líbano.

Publicado en Hemisferio Zero.


[1] ALCOVERRO, Tomás: El decano. De Beirut a Bagdad: 30 años de crónicas, Planeta, Barcelona, 2006, pp. 242-244.

[2] OTTAWAY, Marina, et al.: The New Middle East, Carnegie Endowment for International Peace, [en línea], 2008, p. 14. Disponible en: http://www.carnegieendowment.org/files/new_middle_east_final.pdf

“Éramos felices”

Abu Zakur tiene alrededor de 40 años, es cocinero y ha trabajado en restaurantes de medio mundo. Nació en la provincia de Alepo, Siria, y se ha casado con cuatro mujeres, kurda la primera de ellas. Hay dos actividades que le encantan: comer –de lo que da fe su inmensa barriga- y bailar –de lo que da fe al mover su inmensa barriga-. Es padre de tres niñas, todas de su actual esposa.

Cuando amasó suficiente fortuna en el extranjero, decidió construir una villa en las afueras de Alepo. Como también le gusta nadar, aderezó la casa con una piscina en la que zambullirse junto a su primo. A más inmersiones, menos agua en el estanque. “Éramos felices”, solía repetir. Lo era antes de que una bomba lanzada por un avión del ejército sirio destruyese su casa, su piscina y su ilusión de ver jugar a las niñas en un hogar para el que había ahorrado toda su vida.

Abu Zakur nunca pensó que viajar resultaría una obligación. Al menos, no hasta el día en que empacó las maletas para escapar 60 kilómetros al norte. En la ciudad turca de Kilis entabló amistad con otros refugiados sirios. Encontró trabajo como guisandero, “que era lo que sabía hacer”. Y comer, bailar, y nadar. Y más cosas, pero a él le encantaban esas. Meneaba su obesidad por el restaurante y vestía el desparpajo con sonrisas.

Miraba a los clientes que devoraban la comida –y solían hacerlo más por lo sabrosa que por el hambre-. “Ya verás, te vas a poner como yo”, les decía. Y luego se cogía las lorzas a dos manos y las movía de un lado a otro. La sala estallaba en una carcajada y él bailaba. A veces se olvidaba de que era refugiado, o se lo hacía olvidar a los demás, pero otras no y repetía eso de “éramos felices”.

Cuando su pequeña Fátima aparecía entre las mesas, repartía besos a los comensales. Se colaba por la puerta trasera, pues la familia vivía en un cuarto pegado a la cocina. Abu Zakur la hacía volar por los aires y la aterrizaba en los brazos de alguien dispuesto a recogerla. “Si no fuera por estos momentos”, suspiraba. Cuando se echa el cierre, queda el estrés, las depresiones y los traumas. Y la violencia, la desconfianza y el miedo. Aunque te hayas ido lejos del horror en tu país, o precisamente por eso.

Hay quien no soporta haberse marchado. Algunas personas creen haber traicionado a su gente por buscar seguridad afuera. Otras no aguantan la incertidumbre y no a pocas les gana el sentimiento de culpa, el vacío existencial o la pura pena. Y la rabia, a borbotones. La mezcla de todas, aunque no sepamos en qué medida, les empuja a tomar una decisión.

Abu Zakur y su familia emprendieron el camino de vuelta a Alepo. Hace una semana que sus amigos de Kilis tratan de localizarlo, pero el móvil se encuentra ahora apagado. Esperan que sea un problema de cobertura y se hallen todos bien. Inshallah.

Abdulrahman Alhalaq: “Deseamos un estado de derecho”

Abdulrahman Alhalaq durante la entrevista. Fotografía: Diego Represa.

Abdulrahman Alhalaq durante la entrevista. Fotografía: Diego Represa.

Lo primero que sorprende de Abdulrahman Alhalaq es su ágil figura. Este sirio delgado y fibroso viste uniforme militar, luce barba y melena canosa peinada hacia la derecha. De su cinturón cuelgan una pistola y una daga. Aunque es el jefe de la katiba Elkhal Tzatza, se confiesa civil. “Antes de la Revolución, era carpintero, pero para cualquier sirio libre es una obligación defenderse del asesino y dictador”, sostiene en referencia a Bashar Al-Assad. “Eso sí, bajo el paraguas de la libertad y la justicia”, insiste varias veces durante la conversación.

Gasta buenos modales y no duda en precisar sus palabras hasta asegurarse de que su mensaje se ha entendido. Como él, muchos de sus hombres eran contrarios a la política del gobernante alauita. “Desde el principio me uní a la revolución, hace año y medio, aunque era crítico con el régimen desde mucho antes”. En la práctica, las voces opositoras habían quedado arrinconadas y silenciadas por los 40 años de poder del Partido Baaz. En Turquía o Egipto han aflorado grupos como el Consejo Nacional Sirio que ansían ahora adjudicarse la representación de tales voces.

Alhalaq tiene 75 personas a sus órdenes, entre las que se incluyen civiles y exmilitares. “Nosotros somos una katiba humanitaria. Nos preocupamos de la supervisión de los desplazados, que haya control y no se peleen”, afirma. Sin embargo, eso no excluye los enfrentamientos armados. El último tuvo lugar a unos metros de la antigua comisaría donde se realiza la entrevista. “Lanzamos una ofensiva para conquistar el paso en la frontera. Antes de tener controlada la zona, la ayuda humanitaria entraba por el lado del campo [de desplazados] más cercano a Turquía y nosotros nos encargábamos de distribuirla”, explica.

La autoridad de esta katiba se hace tan presente que hasta han fabricado tampones con el lema “La revolución siria. Alá es grande. Cuartel de Atamah” para sellar documentos. Asegura que trabajan en coordinación con el Ejército Libre Sirio (ELS), pero remarca que “esta katiba es para toda Siria”, en un intento por superar las muestras de desencanto con el ELS que empiezan a aparecer entre algunos civiles de áreas como Alepo. “La gente corriente no vivía en la práctica el sectarismo que el régimen ha tratado de azuzar”, prosigue.

Lleva meses empeñado en acabar con los principales círculos de poder actuales. “Mi objetivo es la caída de Assad, su estructura y quienes tienen relación con él. Queremos construir un país nuevo en el que prime la libertad y la democracia”, asevera con voz firme. Se niega a decantarse por cualquier modelo de la región, ya sea el libanés u otro. “Deseamos un estado de derecho”, sentencia.

Alhalaq no se muestra ajeno a las voces que solicitan una intervención extranjera. “Aceptamos la ayuda, teniendo en cuenta que queremos acabar con el régimen”, asegura. “Ahora bien, si el fin es que exista cierta dependencia de potencias externas, por supuesto que no la aceptamos. No queremos que nos digan qué hacer. Rechazamos que haya condiciones”, matiza con ahínco. Fuma un cigarro tras otro y mira fijamente a los ojos de su interlocutor mientras profundiza en la cuestión religiosa. Es consciente de que en las últimas semanas la prensa ha alertado sobre el incremento de la división sectaria. Y justifica: “La oposición es mayoritariamente suní, porque han sufrido la dureza del régimen”.

Las críticas sobre la presencia de células yihadistas entre los combatientes no le resultan nuevas. El pasado julio un grupo de islamistas radicales venido de fuera izó una bandera negra [relacionada con Al-Qaeda], lo que causó enfrentamientos con milicianos rebeldes. “Estamos en contra de Al-Qaeda y organizaciones extremistas. Alá nos ha hecho gente justa y queremos seguir siéndolo”, concluye.

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Publicado en Hemisferio Zero.

Sirios en el extranjero se organizan para enviar ayuda humanitaria

Bab al-Hawa (Siria).

El 10 de septiembre de 2011 se reunían en Viena (Austria) sirios residentes en varios países de Europa. Medio año de protestas, enfrentamientos y represión en su lugar de origen les empujaron a encontrarse para analizar la situación de la sociedad civil. De aquel congreso fundacional nacería la Unión de Sirios en el Extranjero (USE), presente hoy en 22 estados. Les acompañamos en uno de sus viajes a Siria para observar de cerca los proyectos que están llevando a cabo.

“Nuestro primer objetivo es canalizar ayuda humanitaria a Siria, coordinar a los distintos países y afianzar lazos”, narra Ahmad Kabil, representante de Austria y responsable de relaciones institucionales y exteriores de la USE. “Queremos ayudar a la gente aquí”, señala pensativo Kabil tras dar un sorbo a su taza de té. En el quinto congreso de la Unión, celebrado en Madrid en agosto de este año, los presidentes de varias delegaciones acordaron realizar un viaje conjunto para estudiar sobre el terreno las posibilidades de cooperación.

Desplazados sirios charlan sobre sus necesidades con una delegación de la USE. Fotografía: Diego Represa.

Un grupo de hombres recibe expectante al grupo. Les muestran el edificio colonial de dos plantas donde ahora residen varias familias desplazadas. Aunque data de 1932, las grandes piedras se conservan en buen estado. La casa tiene electricidad, pero la manguera roja que conduce el agua desde una tanqueta se acaba, retorciéndose como un remolino, a la puerta de la entrada. Algunas niñas se asoman curiosas a la ventana mientras los adultos debaten sobre la mejor ubicación de las salas del hospital que planean acondicionar allí. Apenas a unos metros se levanta una especie de cobertizo cuyo tejado quedó destruido por un tanque en los combates a principios del verano. Una vez se repare, las familias se mudarán allí.

Nasser Oumer, presidente de la sección española y responsable de asuntos sociales, se muestra satisfecho por la reunión. “Para nosotros es muy importante que haya un hospital en la zona. Así los heridos no tendrán que desplazarse hasta Turquía, como vimos la otra noche”. Oumer se refiere a los ataques que tuvieron lugar el pasado viernes, 21 de septiembre. Desde las nueve de la tarde y hasta la dos de la madrugada, se lanzaron al menos ocho proyectiles a unos 30 kilómetros de la frontera con la provincia turca de Antioquía. Veinte minutos después del primer estruendo una furgoneta trasladaba a un herido grave en las dos piernas hasta el puesto fronterizo. Del otro lado, una ambulancia de la Media Luna Roja esperaba para conducir al hombre hasta un hospital turco. Sus acompañantes aseguraban que las explosiones habían dejado diez muertos.

Emergencia humanitaria

“La gente puede esperar para comer, no para vivir”, declara con aire resignado Ahmad Kabil. Asiente con la cabeza el más taciturno del grupo, Ahmad Kasadji, de la delegación de Eslovenia, quien también ha querido sumarse a la expedición. “Hasta hoy, entre dinero en efectivo y materiales o equipos, hemos enviado más de 800.000 euros a terreno”. Entre ellos, se incluyen cinco ambulancias donadas en Alemania y otros puntos de Europa. Nidal Khalouf, encargado de asuntos humanitarios, se ocupó de certificar su recepción. Este sirio residente en Rumanía dejó su trabajo y lleva los tres meses de verano forjando contactos en ambos lados de la frontera para introducir la ayuda que recibe la USE. Su estancia en la zona le ha permitido organizar la logística de todos los envíos hasta el momento, aunque pretende regresar a su país por unos días.

“Con la evolución del trabajo, hemos abierto una sección política que nos permite seguir los acontecimientos de Siria. Pero, sin duda, lo más importante es hacer llegar la ayuda humanitaria”, sostienen desde la organización. “Se han creado redes de coordinación muy interesantes. De hecho, ya hay un almacén en Bab al-Hawa; se está acondicionando un hospital en otro punto de la frontera y hemos abierto una oficina en Reyhanli”, sentencia Kabil recordando algunos de los lugares visitados durante la jornada de trabajo.

Implicaciones políticas

“La revolución ha roto el obstáculo del miedo. Teniendo en cuenta que vivimos en Europa y disfrutamos de libertad, la idea principal es ayudar a nuestra gente”. Otro hombre de la delegación de Rumanía apunta que “la inestabilidad en Siria va en contra de Europa. Con la prolongación del conflicto se crean extremismos. Necesitamos trasladar a la opinión pública el sufrimiento de la población”.

Se lamentan de la falta de colaboración entre algunas asociaciones de sirios que viven en el extranjero, pero consideran positivo que cada una aporte su grano de arena. A lo largo de esta semana han ido regresando a sus hogares para explicar los acuerdos alcanzados, presionar a sus gobiernos y recaudar fondos que les permitan cumplir con los compromisos. Quizá la solución política tarde en llegar, pero los sirios se organizan para atender sus necesidades a corto plazo.

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Publicado en Hemisferio Zero.

Azaz, la vida a pesar de todo

En los primeros minutos del 28 de septiembre de 2012, publicaba el texto que sigue en la web de Hemisferio Zero. Apenas un tiempo después, a las 6:30 de la mañana (hora local siria) una casa de Azaz era bombardeada por la aviación del régimen. Han muerto 11 personas en el ataque, seis de ellas niños.

AZAZ, Siria.

Cuatro banderas enormes reciben a quienes llegan a Azaz por la polvorienta carretera que conduce a esta localidad siria desde el puesto fronterizo. Dos de ellas contienen la luna y estrella blancas sobre fondo rojo que representan a Turquía; las otras dos lucen franjas horizontales verde, blanca y negra. Tres estrellas rojas en el centro la completan. Señal de que hemos entrado en la Siria controlada por los rebeldes.

Motos y coches circulan en una plaza presidida por el enorme cartelón que cuelga de lo que resta en pie de una mezquita. Mahmoud, un médico de la zona, confirma que se trata de una lista de hombres que murieron durante los combates. Un par de blindados abandonados dan fe de los enfrentamientos. Paseando por la ciudad, se descubren al menos una decena más y algún que otro tanque desvencijado.

Las ruinas de un blindado y la mezquita de Azaz. Fotografía: Diego Represa.

Este verano los habitantes sufrieron violentos ataques por parte de la aviación gubernamental. Más de la mitad de la población huyó y muchos jóvenes se unieron a las katibas (falanges) del autodenominado Ejército Libre Sirio (ELS), quien recibió por esas fechas atención mediática tras la captura de varios rehenes libaneses. Hoy sigue siendo ciudad de paso hacia Alepo, unos 40 km. hacia el sur, pero también de desplazados y refugiados que buscan desde hace 18 meses amparo en dirección contraria, en la vecina Turquía. Decenas de ellos se amontonan en los alrededores, arrimados a paredes que aún permanecen erguidas. Según datos oficiales, hay registrados en el país mediterráneo más de 84.000 refugiados sirios. En total, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) cifra en más de 214.000 las personas registradas o en espera de serlo próximamente en Jordania, Líbano, Irak y Turquía.

Jamal, de 53 años, se acerca con su móvil para enseñarnos imágenes de una batalla que se libró en la calle donde nos encontramos. Asegura que datan de los primeros días de Ramadán –a mediados del pasado julio- mientras señala los lugares que aparecen en su teléfono. “Aquí nos enfrentamos a los soldados del régimen; en esa esquina les dejamos sin el carro [de combate]. Mira, en aquella acera se ven los impactos de los proyectiles”, cuenta atropelladamente.

Giramos a la derecha en nuestro recorrido y nos topamos con un cruce rebautizado como “Plaza de los mártires”. Varios jóvenes pintan sobre una pared el trazo verde de la bandera con la que ahora se sienten identificados. Sobre un muro se aprecian grandes fotografías de los vehículos tomados al ejército oficial durante la contienda. Es innegable que la iconografía del ESL acecha por los rincones. Unos pasos más adelante, los viandantes deben sortear un boquete causado por las bombas.

Algunas peluquerías o ferreterías permanecen abiertas, en claro contraste con la ristra de construcciones destartaladas. Nos acercamos a una tienda de comestibles atraídos por su escaparate. Al fondo del local se sienta Sharif, de unos 70 años, y nos hace un gesto para que entremos. La oferta de productos es más variada de lo esperado: detergente, garbanzos en bote, caramelos, pipas de fumar, pasta, paquetes de champú… “En realidad no es tanto. Hace unos meses entraron unos soldados uniformados y me robaron: 20 o 25 cajas de productos. Es el negocio de toda una vida”, cuenta con voz pausada. Nos ofrece una chocolatina y levanta la mirada hacia su hijo, que se desenvuelve en el mostrador mientras pone en marcha una cafetera para los clientes que le reclaman.

“Los aviones siguen volando por la noche. Ya no hay tantos bombardeos, pero tratan de atemorizarnos. Lo hacen para dejar clara su presencia; en el fondo nos están diciendo que siguen ahí y pueden atacarnos cuando quieran”, afirma el anciano. La noche anterior se oyeron disparos de obuses a varios kilómetros. Un joven comentaba en un corrillo que había casi doscientos muertos. Otros hablaban de “decenas”. Difícil confirmar la cifra exacta.

Por el enorme ventanal contemplamos a dos niños que sirven varios vasos de yogur en la tienda de enfrente. Otro corre a beber agua de un grifo después de asestar un bocado a un pimiento picante. “A pesar de todo, la gente está llena de energía. Mírales comprando fruta o riéndose en esa barbería”, sugiere un hombre llamado Moussa. El olor a café impregna el ambiente y en la televisión se suceden noticias del canal Al-Arabiya. Anochece y, por un momento, parece que la normalidad se ha instalado en Azaz.

Me ayudan a viajar

Cojo una chincheta y fijo otra nota mental. Hay frases que, aun en contextos diferentes, nos sirven antes de asomarnos a senderos desconocidos. Hoy me quedo con este fragmento que Ander Izagirre escribió para Los sótanos del mundo:

“Quien viaja tiene que intentar hacerse daño. Yo, al menos, tengo que viajar para que los orgullos de mi tierra me duelan como es necesario”.

Hace años encontré, casi al azar, los libros Isla África y El héroe inexistente, del periodista Ramón Lobo. Con ellos descubrí lugares y personas que vivían situaciones extraordinarias; ejemplos de coraje y fuerza, acaso héroes -a pesar del título- escondidos en la historia. Del segundo ejemplar, copié lo que sigue:

“Las dudas brotan cuando no existe espacio alguno para rectificar. Se descubren las virtudes de la aventura cuando ésta se despliega en la imaginación de aquel  que la sueña; y los defectos, cuando no existe posible marcha atrás”.

Desde entonces me ha quedado el vicio de dudar constantemente y, aun así, embarcarme en la aventura que es todo viaje. Los pensamientos de los demás configuran también el mío. No sé muy bien cómo se agradece a quien nos ayuda a vivir de acuerdo a nuestra voluntad.