Maneras de comer poco

Una señora se sienta entre miles de personas acompañada de su nieto. Ha salido antes de las cinco de la mañana de su casa, en un pueblo a varias horas de camino. Son las 11 y está escuchando un discurso político. Le dijeron que a las 8:30 le entregarían el título de propiedad del terreno donde lleva décadas cultivando el maíz que no alcanza para vender, pero sí para la casa.

En la mano sujeta un papel con un sello que dice “refrigerio”. No quiere canjearlo hasta que no tenga en sus manos la escritura. Se van pasando una botella de agua entre los cuatro miembros de la familia. El nieto entrega a la señora su cupón de “refrigerio”. Es su comida del día. Ya tomará algo luego.

***

En una mesa, varios jóvenes que rondan la treintena se disponen a almorzar. Figuras esbeltas, ropa de marca, relojes caros. Maquilladas ellas; con corbata él. Miran de reojo la bandeja de comida del que tienen al lado.

Chica 1: ¿Por qué querés hacer dieta vos, si no te hace falta?

Chica 2: ¿Veá? Estás estupendo.

Chico: Para bajar de peso.

Chica 2: ¿No lo vas a acabar?

Chico: No, igual yo como poco.

***

San Salvador en 500 metros.

Anuncios

Un día en la vida

Cuando llegas por primera vez a un país, quienes te reciben pueden guiarte sutilmente a través de la comida, las plazuelas o los volcanes (suponiendo que el país tenga la suerte de lucir un ‘cinturón de fuego’ como el de El Salvador, claro). También pueden salir contigo a narrarte, cerveza en mano, historias familiares e incluso prestarte más de un libro y más de dos para que entiendas cómo vieron el asunto otros antes que tú. Aunque sea ficción. He pasado toda la mañana leyendo Un día en la vida, de Manlio Argueta, y creí adentrarme un poco más en este Pulgarcito de América.

Y no nos ha ido mal. Tenemos para comer y petate en que caer muertos, por lo menos. Unas gallinitas que nos producen huevos y carne para vender. Al fondo del solar hemos sembrado unas piñas que tienen como cliente a don Sebas. Tenemos buena vecindad. Todos nos quieren porque nunca le hemos hecho daño a nadie. Somos honrados hasta la muerte. Esto lo sabe la vecindad. Personas trabajadoras. Vivimos del sudor de nuestra frente. Todos lo saben. Tenemos todo para mal vivir, pero vivimos. A nadie le deseamos mal, ni siquiera ahora al cabo Martínez.

Lo único que no tenemos es derechos. Y según fuimos llegando a esta claridad, este lugar se llenó de autoridades deseosas de poner el orden, prepotentes con sus automáticos que le llaman. De vez en cuando están viniendo a ver cómo nos portamos, a quién hay que llevarse, a quién hay que golpear para que entienda.

Nos quieren meter a punta de machete y balazos la resignación para nuestras miserias.