Un día en la vida

Cuando llegas por primera vez a un país, quienes te reciben pueden guiarte sutilmente a través de la comida, las plazuelas o los volcanes (suponiendo que el país tenga la suerte de lucir un ‘cinturón de fuego’ como el de El Salvador, claro). También pueden salir contigo a narrarte, cerveza en mano, historias familiares e incluso prestarte más de un libro y más de dos para que entiendas cómo vieron el asunto otros antes que tú. Aunque sea ficción. He pasado toda la mañana leyendo Un día en la vida, de Manlio Argueta, y creí adentrarme un poco más en este Pulgarcito de América.

Y no nos ha ido mal. Tenemos para comer y petate en que caer muertos, por lo menos. Unas gallinitas que nos producen huevos y carne para vender. Al fondo del solar hemos sembrado unas piñas que tienen como cliente a don Sebas. Tenemos buena vecindad. Todos nos quieren porque nunca le hemos hecho daño a nadie. Somos honrados hasta la muerte. Esto lo sabe la vecindad. Personas trabajadoras. Vivimos del sudor de nuestra frente. Todos lo saben. Tenemos todo para mal vivir, pero vivimos. A nadie le deseamos mal, ni siquiera ahora al cabo Martínez.

Lo único que no tenemos es derechos. Y según fuimos llegando a esta claridad, este lugar se llenó de autoridades deseosas de poner el orden, prepotentes con sus automáticos que le llaman. De vez en cuando están viniendo a ver cómo nos portamos, a quién hay que llevarse, a quién hay que golpear para que entienda.

Nos quieren meter a punta de machete y balazos la resignación para nuestras miserias.

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Las bibliotecas que nos amueblan

Cuando vivía en Londres tenía la costumbre de entrar casi todos los días en una de las charities que encontraba de camino al trabajo. Allí rebuscaba en las baldas de libros y siempre me topaba con alguno interesante por una o dos libras, precio asequible para un sueldo escaso que me permitía llegar a fin de mes sin dejar de aumentar mi biblioteca. A veces me faltaba tiempo para disfrutar de todos, así que aún guardo lecturas que adivino importantes. Graham Green o Michael Ondaatje esperan a buen recaudo en los sobrecargados estantes de mi casa. En la adolescencia, paseaba hasta la biblioteca de mi barrio, recorría los pasillos y me dejaba impresionar por títulos y portadas. José Saramago, Elena Poniatowska y tantos otros dejaron sedimentos que ahora me ayudan a descifrar capa a capa la complejidad del mundo que habitamos.

Al ver el programa de En Portada dedicado al incendio que destruyó la biblioteca de Sarajevo hace 20 años me recorrió cierto escalofrío. ¿Cuánto conocimiento arrebatado para siempre? Vijećnica era símbolo de una convivencia entre culturas rota por los 1.425 días de asedio que sufrió la ciudad, lomo de páginas cosidas a un mismo libro. El restaurador Nermin Ibrulj señala que “hay detalles de Oriente, islámicos, católicos, ortodoxos, judíos por todo el edificio. Eso significa que este edificio era también multiétnico, construido como Sarajevo, como Bosnia-Herzegovina entera. Probablemente, por eso, era un símbolo”.

En un momento del reportaje, tres militares -bosniaco, croata y serbio- lamentan la pérdida originada por la fractura de entonces. Ahora protestan juntos por una mejora de las pensiones. Saša Dragaš, un veterano de guerra, cuenta que “mi madre es croata de nacimiento. Mi difunto padre era serbio y mi abuela, la madre de mi madre, era musulmana, era bosniaca. En realidad, soy la foto de Bosnia y Herzegovina, multicultural y multiétnica”. Y pienso en que alguien debería anotar inmediatamente esas palabras, dejar constancia de ellas para que nadie pueda borrarlas aunque el odio abrase una vez más los muros que guardan nuestra historia. Las bibliotecas son la memoria de todos.

Biblioteca de Sarajevo destruida. Fotografía: Gervasio Sánchez (Editorial Blume).