Clínicas secretas en Turquía atienden a combatientes sirios

Un combatiente sirio se recupera en un centro post-operatorio en Turquía. Fotografía: Diego Represa.

“Por favor, no digas dónde estamos”. Quien habla es un enfermero que desde hace dos meses atiende a los heridos rebeldes que luchan en Siria contra el ejército de Baschar al-Assad. En varias ciudades turcas han proliferado centros clandestinos que reciben por decenas a los pacientes que los hospitales no acogen. Carecen de permisos oficiales, pero funcionan como estancias de reposo y post-operatorios.

“Los hospitales turcos en ocasiones se ven desbordados y entonces sólo reciben a los sirios si se trata de vida o muerte. Aquí facilitamos la fisioterapia y los medicamentos”, cuenta otro enfermero. Aseguran que en realidad el gobierno turco hace la vista gorda porque necesita de ellos. Este tipo de instalaciones alivia una carga que su sistema de salud no está preparado para asumir, especialmente durante las jornadas de combates más encarnizados. Además, algunos turcos habían comenzado a quejarse de que se les daba prioridad a los sirios antes que a los autóctonos.

La mayoría de los internos acude a este consultorio para sobreponerse a los impactos de bala; algunos lograron escapar con vida del disparo de un francotirador. Al principio, los jóvenes dispersos en las habitaciones se muestran reacios a hablar. “No queremos tener que cerrar. Ha costado mucho encontrar un lugar adecuado para asistirles”, añade uno de los gestores. “Temen que agentes infiltrados del régimen sirio tomen represalias contra ellos en caso de retornar a sus pueblos”, sentencia.

Casi todos proceden de la provincia de Alepo, cuya capital es la segunda ciudad más importante del país. Allí se lucha calle a calle, barrio a barrio, en una suerte de guerra urbana. Tanto el autodenominado Ejército Libre Sirio como los soldados oficiales libran también una contienda propagandística. El primero se adjudica la victoria de sus katibas sobre ciertos territorios o anuncian sus movimientos ofensivos en páginas de Facebook, mientras que se ensalza a los segundos en canales afines. Las bajas militares normalmente se minimizan. La desconfianza ante los desconocidos va en aumento.

Aunque más lentamente de lo que desearían, los encargados de poner en marcha el centro post-operatorio equipan los cuartos a medida que reciben dinero, donaciones particulares en su mayoría. Anticoagulantes, pinzas, vendas, sábanas… Todo material es bienvenido. Un hombre despliega sonriendo un banderín de la ONG islámica IHH y sus acompañantes le instan enseguida a que deje de ondearlo. “No queremos que nos relacionen con nadie en concreto”, indican, aunque afirman haber recibido camas y mantas de la asociación. El hombre lo enrolla y guarda rápidamente.

Algunos heridos permanecen tumbados con algunas de las extremidades escayoladas. En una silla, un chaval de 20 años se muestra dicharachero, a pesar de llevar un aparatoso vendaje alrededor del cuello. Varios han sido operados recientemente; las marcas de la metralla son aún visibles. Con el paso de los minutos, se animan y acceden a fotografiarse. El luminoso dispensario se compone de un par de estantes llenos de cajas de medicamentos y un armario. Hay otras habitaciones con camas guardadas, pero de momento la capacidad es de 25 a 30 personas. “Podrían ser más si tuviéramos los medios”, se lamenta un hombre.

En la planta superior, se encuentra la oficina en la que se reúne el personal: seis enfermeros, un fisioterapeuta, un farmacéutico, un cirujano general y un oftalmólogo. Cortinas granates y opacas evitan que entre el calor y acentúan la sensación de secretismo. Una bandera de los rebeldes sirios y la oficial turca se expanden en un gran mural encima de un cielo pintado en la pared principal.

La estancia se encuentra limpia, en buen estado, y cuenta con varios sillones, además de un par de pequeñas mesas rectangulares y un escritorio. De repente, aflora alguna risa en la sala. El canal Halab Today (‘Alepo Hoy’), sintonizado en la televisión, muestra imágenes fijas de la ciudad nevada. “Muy informativo, muy actual”, bromean. Pronto acaba la distensión. Después del consabido té, los sanitarios vuelven diligentes a sus tareas, parte de un compromiso que aseguran continuará al menos hasta que finalice la gran batalla por Alepo.

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Publicado en Hemisferio Zero.

“Hemos venido para salvar la vida”

Fátima [nombre ficticio] alcanza una tetera sin agua mientras su hija corre en círculos por una alfombra extendida en el suelo. En ese pedazo de tela viven desde que huyeron de su hogar en la provincia de Hama, hace siete semanas. “Hubo bombardeos, mataban a gente y resistíamos, pero todos tenemos un límite”, comenta con rabia. Como Fátima, unas dos mil personas venidas de toda Siria se amontonan en un olivar de Atma (provincia de Idlib), cercano a la frontera con la región turca de Antioquía.

Desde hace un par de meses, quienes no cruzaron al norte se acomodan en mantas y bajo retales colgados de árboles que hacen las veces de improvisados pilares y vigas. Familias enteras se apiñan bajo las ramas que les protegen del sol radiante. En la cresta de la colina se han erigido seis carpas y varias tiendas de campaña de color ocre cedidas por el Ejército Sirio Libre, facción armada de los rebeldes que controla Bab al-Hawa y los pueblos circundantes. La Unión de Sirios en el Extranjero también aportó tiendas que permitirán aliviar en cierta medida la llegada del frío.

Fotografía: Diego Represa.

La ropa de Fátima -apenas un trío de camisas oscuras de manga larga- ondea al viento prendida de unas cuerdas atadas a un par de olivos. “Nos han hecho salir de casa y ahora cada miembro de mi familia está en un sitio”. Ella pudo escapar con su hija, que tiene síndrome de Down y requiere de cuidados constantes que en mitad del valle no recibe. Con el torbellino de acontecimientos, perdió el rastro de sus descendientes varones. Ha bajado al pueblo más cercano, por si pudiera localizarlos por teléfono, pero nadie responde a sus llamadas. “Mis muchachos son gente culta, deberían comenzar la universidad, pero les han arrebatado los estudios”, lamenta. “Nunca han participado en política y tenemos miedo. Ahora no sé qué es de ellos”, asegura mientras dobla un pañuelo blanco.

Desde marzo de 2011, Hama se convirtió en escenario de activas protestas contra el régimen de Baschar al-Assad, a las que siguieron una dura represión y violentos enfrentamientos que dejaron centenares de muertos y heridos. Más de un año aguantó la familia de Fátima sin moverse de la ciudad. “Hemos venido solo para salvar la vida”, explica la mujer. La niña asoma la cabeza detrás de su madre y con los dedos dibuja el signo de la victoria.

El limbo de los desplazados

Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), cuando un civil huye y “cruza la frontera internacional de su país, se convierte en un refugiado y como tal recibe protección internacional y ayuda”. Los desplazados, en cambio, escapan de su hogar pero continúan en territorio de su propio estado, bajo la autoridad de unos dirigentes que no siempre aceptan que los ciudadanos reciban el amparo de ACNUR. En ocasiones, el propio gobierno es quien ocasiona o influye en los movimientos forzados de población.

Datos de ACNUR cifran en más de 101.000 sirios los inscritos en trece campos de refugiados instalados a lo largo de la frontera. Otros miles viven sin registrarse en pueblos y ciudades cercanas; la familia de Emad Almerei entre ellos. Cuando este sirio de 50 años llegó hace siete semanas al paso fronterizo, no le permitieron cruzar, y su hijo Murad se quedó con él. “Es mi único acompañante; traté de contactar con el resto desde aquí, pero no hay cobertura”, explica. Emad sufre una minusvalía que le impide estirar las piernas y andar con normalidad, por lo que necesita una silla de ruedas, plegada ahora al lado de la alfombra donde extiende sus escasas pertenencias. De poco le sirve para desplazarse por esta pendiente. “Cuando vivía en mi ciudad, acudía al hospital por el tratamiento, pero al final dejé de ir por los ataques”, cuenta con voz tranquila.

En una ocasión resultó herido por la metralla y decidió que era mejor marcharse con los suyos a Turquía. A menos de 500 metros se ven las vallas que separan los dos estados, aunque por carretera el camino es más largo. Todos los días llegan personas que tratan de alcanzar el otro lado y reciben una negativa de las autoridades turcas. A Emad no le importan las dificultades físicas o burocráticas. “Aquí estoy sufriendo, lo seguiré intentando”.

Fotografía: Diego Represa.

Un zarpazo a la normalidad

A Bashar al-Assad le cambió la vida el 21 de enero de 1994. Aquel día su hermano Bassel murió en un accidente de coche y Bashar pasó de trabajar como oftalmólogo en Londres a convertirse en el heredero del poder en Siria. Al fallecer su padre seis años después, le sucedió instaurando un período político que algunos auguraban de reformas.

La rutina de Basim Abdul se vio trastocada el vigesimoséptimo día de Ramadán de 2012. Esa mañana de camino al trabajo contempló la entrada de dos tanques en una pequeña ciudad de la provincia de Idlib, al norte del país. “Eran como tractores enormes. No hubo lucha en la calle, pero destrozaron todo a su paso”, recuerda Basim. Al llegar a casa habló con su esposa. Empacaron algo de ropa y se marcharon con las dos hijas y el niño, que le acompaña de la mano a todas partes. “Pasamos unos días deambulando y ahora llevamos un mes en este campo. No tenemos miedo de Bashar ni de los suyos”, afirma con orgullo.

Los bombardeos indiscriminados y la represión del régimen de Al-Assad le han devuelto la animadversión de sirios que le apreciaban como mandatario. No sólo suníes, sino también drusos, kurdos o cristianos se preguntan por qué son atacados civiles que apoyaban su política. “Yo adoraba a Bashar al-Assad, es mi presidente”, sostiene un hombre de Alepo llamado Ahmad. “Pero, ¿por qué nos ataca? Cuando caen las bombas, no preguntan si estamos a favor o en contra”, inquiere con vehemencia.

“Se cree un león grande [‘assad’ significa ‘león’ en árabe], pero no tiene nada aquí”, asegura Basim apuntado con el índice la sien derecha. Acaricia, como en un tic nervioso, la cabeza de su hijo, que le agarra con fuerza. “Hemos venido por ellos”, murmura antes de bajar la mirada emocionado, “para que tengan un futuro”.

O unos zapatos. Eso le gustaría comprar a la niña Areej, de 10 años, con su pequeño tesoro: una moneda que porta en el bolsillo desde no sabe cuándo. La muestra pícara ante sus amigas, que se arremolinan para admirarla con interés. Algunas pequeñas van descalzas y también querrían unas sandalias. “Son mejores las botas, porque por la noche nos pican los escorpiones”, opina una de ellas.

Fotografía: Diego Represa.

La comida escasea; crecen los problemas de salud

Dos muchachas se apartan de un grupo dando brincos. Descienden por un camino y se disponen a llenar unas regaderas con agua de las tanquetas. Recorriendo el trayecto inverso, un hombre carga una botella de plástico que contiene un líquido turbio, blanquecino y con posos. “Esta es el agua que bebemos”, espeta.

La mejora de la higiene se revela como una necesidad perentoria. Las enfermedades comienzan a proliferar y son comunes los casos de diarrea, especialmente entre los menores. Al lado de las cisternas, se han colocado las dos únicas letrinas –una para hombres, otra para mujeres-. Apenas diez metros las separan de un montón de basura del que, casi sin fuego, sale una intensa estela de humo. Un hedor envuelve el ambiente, mientras varios niños se divierten chocando palos cual espadachines de otra época.

Tres de sus amigos se sientan para comer alrededor de una cazuela. Antes de que se extingan las últimas horas de luz, un camión cargado con 150 kilos de arroz y varios sacos de pan de pita hace su entrada en la amplia avenida de olivos. El Ejército Libre Sirio se encarga de la distribución en pequeños contenedores de plástico. “Un pueblo del valle ha donado la comida”, comenta un muchacho sentado sobre el remolque. La solidaridad aflora entre los vecinos, pero parece complicado que todos obtengan su ración. Fátima se lamenta de que “ya casi no podemos ni comer”.

Quienes conservan un mínimo de ahorros, se acercan al puesto de Suleiman Kalaf, un tendero procedente de Idlib que asegura llevar alrededor de un mes en el campamento. “He perdido la cuenta, aquí los días pasan igual”, asegura con resignación. En esa provincia del noroeste, la resistencia contra el ejército actuó con determinación, aun cuando la aviación de Bashar al-Assad destruyó cultivos y ocasionó una “emergencia humanitaria”, según la Media Luna Roja. En uno de los empinados senderos, se han levantado tiendecitas como la de Suleiman con patatas, sopa, galletas, vasos, servilletas y tabaco. Se ha vuelto a quedar solo y pasan los minutos sin que nadie acuda a comprar. Es lo habitual.

Ni Fátima ni Emad imaginaban dos años atrás que la violencia desgarraría Siria; Basim y Suleiman no sospechaban hace un par de meses la huída que emprenderían. Durante algún tiempo tras el comienzo de las revueltas, confiaron en no abandonar sus actividades cotidianas: guisar la cena, repasar los deberes o atender el comercio. No querían dejar sus casas, pero menos aún que la guerra los encontrase durmiendo. “¿Por qué lo de Siria no se resuelve? ¿Qué es tan complicado?”, pregunta Fátima. Mujeres y hombres la rodean en silencio hasta que alguien murmura: “No sé, pero que acabe ya”. Mientras el país se retuerce de dolor, todos ellos, civiles, gente corriente, buscan una solución que les permita seguir con sus vidas más allá de este olivar.

Publicado en Hemisferio Zero.

Blindar Europa

El pasado 19 de octubre se conoció que la empresa GMV resultó adjudicataria de la ampliación de un par de fases de Eurosur, un sistema descentralizado de intercambio de información sobre la vigilancia de las fronteras europeas. Otras multinacionales españolas como Indra también participan en proyectos de vigilancia liderados por la Agencia Europea de Control de Fronteras Exteriores (Frontex).

Ceuta y Melilla eran hasta el año 2005 la principal puerta de entrada para los inmigrantes subsaharianos que deseaban alcanzar Europa. Después de que varias decenas de personas intentaran superar las vallas que separan estas ciudades del vecino Marruecos en 2006, se cerraron algunos centros de atención a inmigrantes y se extremaron los mecanismos de vigilancia. Quienes anhelaban pisar suelo español se vieron obligados a probar fortuna por nuevas rutas.

Se produjo así un desplazamiento hacia los países africanos de la costa atlántica, desde donde partirían embarcaciones con los que pretendían llegar a las Islas Canarias y Andalucía. Muchos perdieron la vida en el intento. Basta un repaso fugaz por la prensa para conocer los hechos. A veces también salen a la luz los nombres, la nacionalidad o el pasado de quienes realizan la travesía. El periodista José Naranjo lo cuenta en Cayucos o Los invisibles de Kolda: Historias olvidadas de la inmigración clandestina.

Las autoridades solicitaron la asistencia de la Agencia Europea de Control de Fronteras Exteriores (Frontex), lo que iba a permitir “controlar en origen las salidas”, según apuntaba María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta del gobierno español en aquellas fechas. La frase revela la esencia de la externalización de fronteras, una expresión que hace referencia a los acuerdos por los que Europa traslada el control de la inmigración a terceros países como Marruecos, Mauritania o Senegal a cambio de ayudas económicas o materiales, como ya relatamos en Hemisferio Zero.

En los últimos años España ha suministrado a dichos estados diferentes tipos de aviones y helicópteros con el fin de vigilar la “inmigración clandestina”, en ocasiones, por el “precio simbólico de 100 euros”. Funcionarios africanos, con la ayuda o connivencia de los agentes europeos, continúan frustrando los intentos de sus conciudadanos por migrar a Europa, a veces deteniéndolos antes de la partida y, por tanto, antes de ejercer el derecho a salir de su propio país, como recoge el Artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Valla de Melilla en 2005. Fotografía: Fronterasur/Flickr.

Se estrechaba así la cooperación entre España, la Unión Europea y varios estados africanos con la puesta en marcha de programas multilaterales, entre los que destaca Frontex, con un presupuesto para 2012 que ronda los 85 millones de euros. Unos años antes, el Programa Seahorse permitió el adoctrinamiento de las autoridades de países subsaharianos en materia de “inmigración irregular”, entre otras actividades. El programa estuvo dirigido por el Ministerio del Interior, gestionado operativamente por la Guardia Civil, y contó con un presupuesto de seis millones de euros para el período 2006-2009 que financió la Comisión Europea. Una de las mayores beneficiarias fue la corporación española Indra, a quien el Consejo de Ministros adjudicó el desarrollo de Seahorse Network.

Un complejo entramado tecnológico, difuso entre multitud de siglas –SIVE, MRR, Eurodac, SIS…-, permite controlar los movimientos de personas dentro de la Unión Europea. Tanto despliegue técnico desde hace años no impide, sin embargo, la muerte de centenares de seres humanos que buscan un futuro mejor en Europa. Distintas organizaciones humanitarias han acusado a Frontex de “generar mayor sufrimiento“, así como del incumplimiento por parte de los estados de la legislación internacional en materia de asilo o protección.

Uno de los casos más llamativos, habida cuenta de la dificultad de probar en juicio las acusaciones, es el del senegalés Lauding Sonko, quien falleció después de que la Guardia Civil le pinchase el salvavidas. Su causa ha sido reabierta por un juzgado de Ceuta. El pasado febrero, el Comité contra la Tortura de Naciones Unidas estimó que se había producido “una violación de los artículos 12 y 16 de la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes”, por lo que instó al Estado español “a efectuar una investigación adecuada e imparcial de los hechos que se produjeron el 26 de septiembre de 2007, a perseguir y condenar a las personas responsables de esos actos y a conceder una reparación integral que incluya una indemnización adecuada a la familia del Sr. Sonko”.

Optar al asilo, cada vez más difícil

Los afganos aparecen en el listado de las tres nacionalidades con mayor presencia en la ruta migratoria de los Balcanes occidentales y del Mediterráneo oriental y central, según apunta Frontex. Teniendo en cuenta la violencia que asola al país asiático desde hace décadas, y especialmente el conflicto a partir de 2001, cabe cuestionarse si en vez de emigrantes no se tratará de posibles solicitantes de asilo, a los que la Unión Europea habría de proteger en virtud de los convenios internacionales a los que sus países miembro se han adherido.

Parecida situación viven los ciudadanos del norte de África que han huido de la violencia hacia Malta, Lampedusa u otros puntos del Mediterráneo desde el pasado 2011. El río Evros ve perecer todos los años a personas que cruzan a nado de Turquía a Grecia. El país heleno va incorporando en su territorio una valla que acentúa la frontera -aun sin financiación europea-.

El pasado octubre, un sirio de 25 años que había huido del conflicto en su país a través de Turquía y hasta Grecia narraba a esta periodista cómo las autoridades griegas le habían lanzado una noche al agua del Evros después de tenerlo retenido en un centro por varias horas, sin bebida y acompañado de decenas de personas, menores incluidos. Según su relato, la misma suerte corrieron al menos dos somalíes, un afgano y un sudanés que trataban de solicitar asilo en Grecia, y que hubieron de superar la corriente hasta la otra orilla. “Ahora sois responsabilidad de Turquía”, les espetaron en inglés. “Vi a dos hombres que braceaban de regreso al lado griego, les suplicaron que les dejasen volver, pero no hubo manera. Me negué a rogar”, explicó el joven. Pidió que su nombre no apareciera publicado porque sentía que era la mayor humillación a la que le habían sometido en su vida.

No se atajan las causas de la inmigración

En un famoso artículo escrito para Le Monde Diplomatique, el ex Relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación Jean Ziegler criticaba que primero se instaura el hambre para después criminalizar a quienes huyen de ella.  En Senegal, por ejemplo, las empresas españolas contribuyen a esquilmar los caladeros de pesca y, por tanto, terminar con el modo de vida tradicional de los pescadores artesanales. Muchos de esos pescadores son los que después alquilan sus barcas para el transporte de emigrantes por no disponer de más sustento.

Se actúa con dureza sobre inmigrantes o solicitantes de asilo, pero no se erradican los factores que motivan su partida. Asumimos sin mucha reflexión que los intereses de empresas gestionadas por algún compatriota se corresponden al bien común. Y gastamos miles de millones en construir muros en nombre de la manida seguridad, pero somos incapaces de ofrecer un hogar a quien huye de un conflicto armado. Europa se blinda, selectivamente.

“Éramos felices”

Abu Zakur tiene alrededor de 40 años, es cocinero y ha trabajado en restaurantes de medio mundo. Nació en la provincia de Alepo, Siria, y se ha casado con cuatro mujeres, kurda la primera de ellas. Hay dos actividades que le encantan: comer –de lo que da fe su inmensa barriga- y bailar –de lo que da fe al mover su inmensa barriga-. Es padre de tres niñas, todas de su actual esposa.

Cuando amasó suficiente fortuna en el extranjero, decidió construir una villa en las afueras de Alepo. Como también le gusta nadar, aderezó la casa con una piscina en la que zambullirse junto a su primo. A más inmersiones, menos agua en el estanque. “Éramos felices”, solía repetir. Lo era antes de que una bomba lanzada por un avión del ejército sirio destruyese su casa, su piscina y su ilusión de ver jugar a las niñas en un hogar para el que había ahorrado toda su vida.

Abu Zakur nunca pensó que viajar resultaría una obligación. Al menos, no hasta el día en que empacó las maletas para escapar 60 kilómetros al norte. En la ciudad turca de Kilis entabló amistad con otros refugiados sirios. Encontró trabajo como guisandero, “que era lo que sabía hacer”. Y comer, bailar, y nadar. Y más cosas, pero a él le encantaban esas. Meneaba su obesidad por el restaurante y vestía el desparpajo con sonrisas.

Miraba a los clientes que devoraban la comida –y solían hacerlo más por lo sabrosa que por el hambre-. “Ya verás, te vas a poner como yo”, les decía. Y luego se cogía las lorzas a dos manos y las movía de un lado a otro. La sala estallaba en una carcajada y él bailaba. A veces se olvidaba de que era refugiado, o se lo hacía olvidar a los demás, pero otras no y repetía eso de “éramos felices”.

Cuando su pequeña Fátima aparecía entre las mesas, repartía besos a los comensales. Se colaba por la puerta trasera, pues la familia vivía en un cuarto pegado a la cocina. Abu Zakur la hacía volar por los aires y la aterrizaba en los brazos de alguien dispuesto a recogerla. “Si no fuera por estos momentos”, suspiraba. Cuando se echa el cierre, queda el estrés, las depresiones y los traumas. Y la violencia, la desconfianza y el miedo. Aunque te hayas ido lejos del horror en tu país, o precisamente por eso.

Hay quien no soporta haberse marchado. Algunas personas creen haber traicionado a su gente por buscar seguridad afuera. Otras no aguantan la incertidumbre y no a pocas les gana el sentimiento de culpa, el vacío existencial o la pura pena. Y la rabia, a borbotones. La mezcla de todas, aunque no sepamos en qué medida, les empuja a tomar una decisión.

Abu Zakur y su familia emprendieron el camino de vuelta a Alepo. Hace una semana que sus amigos de Kilis tratan de localizarlo, pero el móvil se encuentra ahora apagado. Esperan que sea un problema de cobertura y se hallen todos bien. Inshallah.